Resiliencia en la fragilidad

En un contexto social en el que la población mayor sigue en aumento, la fuerza con la que ha emergido la investigación sobre la resiliencia estos últimos años como constatación de un fenómeno humano, junto con los descubrimientos neurocientíficos relacionados con la plasticidad neuronal, nos invitan a incorporar nuevas lecturas sobre el envejecimiento que, desde una mirada holista, complementen los diagnósticos basados en la vulnerabilidad, la disminución y la pérdida de funcionalidad.

Bajo este paradigma de la resiliencia, cobra especial protagonismo un acompañamiento a las personas mayores que les de la oportunidad de redescubrir sus aprendizajes y recursos, recuperar sus expectativas de logro, encontrar sentido a las pérdidas y dotar de significado sus ocupaciones.  

Aunque la investigación y la intervención fundamentada en la resiliencia durante muchos años se ha centrado en infancia, cada vez son más numerosas las publicaciones y experiencias que la orientan hacia la persona mayor.

Dado que la resiliencia es una respuesta humana, puesta en marcha frente a una situación adversa que requiere poner en juego mecanismos y recursos del individuo y del entorno para reanudar un nuevo desarrollo a pesar del daño, resulta paradójico hablar de resiliencia en un proceso natural como el envejecimiento en el que aparentemente todo son pérdidas.  

 En este sentido, el concepto de fragilidad emerge con fuerza para constatar lo inevitable, el efecto del paso de los años no relacionado con procesos de enfermedad, sino con el desgaste y la disminución progresiva de la reserva funcional que exige progresivamente una mayor adaptación del entorno para minimizar la dependencia del adulto mayor en las actividades de la vida diaria y en la participación social.  Esto origina una disminución de la adaptación de la homeostasis del organismo que conlleva una disminución de la capacidad para afrontar el estrés, con el consiguiente aumento de la vulnerabilidad del individuo y un mayor riesgo de desequilibrio ocupacional, dado que en muchos casos conduce al abandono de actividades de la vida diaria y de la participación social. 

Por otra parte en el estudio de la resiliencia se han ido definiendo los factores personales y contextuales que aparecían en las historias de resiliencia, identificándose como fundamentales la presencia de otro , de una persona con la que establecer un vínculo de apego, y los aspectos personales, las fortalezas, que aparecen una y otra vez (optimismo, sentido del humor, inciativa…) y que algunas investigadoras denominaron pilares de resiliencia.  Es un afrontamiento eficaz que implica no solo adaptarse, sino iniciar un nuevo desarrollo.  En relación al envejecimiento, haría alusión a las personas mayores que mantienen y manifiestan altos niveles de funcionamiento adecuado a pesar de las situaciones adversas y las pérdidas.

Aparecen por tanto algunos elementos comunes en la fragilidad y en la resiliencia, como son la HOMEOSTASIS, la ADAPTACIÓN, el AFRONTAMIENTO, la PÉRDIDA, la VULNERABILIDAD y el RIESGO.

Aprovechando la propuesta de Richardson y colaboradores (1990), podemos analizar las posibles respuestas que las personas mayores pueden tener frente a los efectos de la fragilidad que, siguiendo un razonamiento lógico, aumentará conforme más longeva sea la persona: a mayor edad, mayor es la probabilidad de acontecimientos adversos y mayor la fragilidad. 

En este esquema, la fragilidad sería un desafío continuo, permanente, que pone en jaque los recursos (internos y externos) de la persona mayor.  En algunos momentos la fragilidad tiene un efecto más demoledor, de forma que el sistema de homeostasis se desequilibra, de alguna manera “se rompe”.  Independientemente de cuál sea la causa o pérdida, encontramos a una persona desafiada, vulnerada, dañada, con una vivencia subjetiva de trauma, cuya forma de responder a la disrupción podrá ubicarse, de manera muy general, en alguna de estas cuatro posibilidades:

  • Reintegración disfuncional: supone una grave alteración en el comportamiento normal de la persona, cometiendo acciones destructivas para ella misma o para las demás, existiendo un daño psicológico constatable. 
  • Reintegración con pérdida.  Se trata de un intento por volver al punto de partida, pero de alguna forma las cicatrices y las pérdidas generan tal desajuste que la persona vive atrapada por el trauma.
  • Reintegración homeostática.  En este caso, a pesar del daño la persona recupera el equilibrio sin que haya una afectación grave en ninguna de las áreas (ni cognitivas, ni afectivas, ni conductuales), de manera que la persona trata de seguir adelante olvidando lo ocurrido, tratando de recuperar la normalidad. 
  • Reintegración resiliente.  En este caso, se produce una reorganización en torno al caos, de manera que, a pesar del daño, la persona inicia una reconstrucción que supone un crecimiento postraumático.    Por eso la resiliencia no es un sinónimo de adaptación, sino que implica resistir y rehacerse.

Por tanto, relacionando ambos términos, entendiendo que el envejecimiento es un proceso natural e irreversible, podríamos considerar la fragilidad como el desafío permanente frente al cual la persona mayor pone en marcha mecanismos que le permiten adaptarse a las pérdidas, optimizando sus capacidades y recursos (internos y externos) y manteniendo un adecuado nivel de funcionamiento en las diferentes áreas vitales del desarrollo.  De esta forma, el proceso de resiliencia en personas mayores conlleva trascender las pérdidas, reajustarse y continuar con un nuevo desarrollo satisfactorio, manteniendo su esencia (su identidad personal) a pesar de los cambios biológicos, sociales, psicológicos y las renuncias, contribuyendo a su longevidad.

Por tanto, incorporar la resiliencia nos permite completar nuestros análisis, enriquecer nuestras intervenciones, puesto que, partiendo de la aceptación de la fragilidad como proceso natural que implica pérdidas y renuncias, nos devuelve una concepción de la persona mayor como alguien que ha conseguido trascender los momentos adversos de su vida, dando sentido a vivencias demoledoras e incorporando aprendizajes que son valiosos para ella y para su entorno.  Eso si, esta mirada complementaria de la resiliencia, como paradigma complementario al paradigma del déficit, necesariamente nos implica a los profesionales de la salud, y nos invita a revisar nuestras creencias, nuestros estereotipos y nuestras expectativas sobre las personas mayores. 


			

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